Una ruta corta para la impunidad: los caminos ilegales en la Amazonía peruana
Extraído de Pulitzer Center.
El Proyecto MAAP, una iniciativa de Conservación Amazónica (ACCA) y Amazon Conservation (ACA) detectó que entre el 2015 y 2018 se han abierto 3330 kilómetros de vías en medio de la Amazonía peruana, muchas de ellas sin contar con autorizaciones legales o estudios de impacto. Tampoco han sido sometidas al proceso de consulta previa. En el año 2019, según MAAP, a nivel nacional se abrieron más de 1500 kilómetros y hasta octubre del 2020, ya se habían contado más de 780 nuevos kilómetros de vías.
El aumento de estas vías en Perú ocurrió, principalmente, en las regiones de Ucayali, Madre de Dios y Loreto. Estas son historias y testimonios recogidos en Ucayali durante casi un año de trabajo, que cobran mayor vigencia con el conflicto actual que enfrentan ya algunas comunidades nativas de Tahuanía y Yurúa, casi todas víctimas de invasiones y tala ilegal. Todos los testimonios son reales, pero se han cambiado algunos nombres para proteger a las fuentes.
Yurúa
19 de setiembre, 2021.- Finalmente, he llegado a Puerto Breu, capital del distrito de Yurúa. El vuelo desde Pucallpa fue tranquilo y permite ver lo extenso del bosque y sus ríos, en un viaje entre las nubes que traerán pronto las lluvias que llenarán los ríos y quebradas, ahora secas por una brutal temporada seca. En mi mente llevo las imágenes y palabras de la gente de Nueva Italia y Bolognesi, los lugares desde donde la carretera UC 105 (Nueva Italia – Sawawo Hito 40 – Puerto Breu) se lanza sobre la Amazonía. El aire frío e insípido dentro de la avioneta contrasta ahora con el calor sofocante, el olor a barro y vegetación que te invade apenas abren la puerta de la avioneta. Es diciembre de 2020 y la primera ola del COVID pasó por Yurúa sin mayores consecuencias; como en tantos otros sitios de Ucayali, la gente no usa mascarillas.
El distrito de Yurúa, fronterizo con Brasil, tiene una extensión de más de 917 mil hectáreas, con poco más de 3500 habitantes. Su aislamiento del resto del país hace que el costo de vida sea muy elevado y que los servicios públicos sean precarios. La plaza de armas, en sólido concreto, contrasta con las casas de madera de distintas calidades y las calles construidas sobre el barro reseco por el inclemente sol. La plaza solo compite en modernidad con el centro de salud y los avances del mini hospital que algún día servirá como mejor albergue para el escaso personal médico del distrito. La plaza es enorme, con bancas y veredas para los transeúntes, además de un moderno sistema de iluminación solar, con sensores de movimiento para ahorrar energía. Todo un portento tecnológico en un lugar donde apenas hay señal telefónica y el internet es el lujo de unos pocos.
La única ruta de llegada a Yurúa, al menos hasta este momento, es usando una avioneta que pueda aterrizar en la terrosa pista ubicada en Puerto Breu. Yurúa, como ocurre con la cercana provincia de Purús, está desconectada del Perú, excepto por los ingresos aéreos. Es con Brasil con quien se da la mayoría de los intercambios comerciales y los que surten de la mayoría de los productos que se consumen en la zona. En Yurúa mucha gente habla portugués. De hecho, en los pocos aparatos de televisión que se encuentran en las comunidades, se capta mejor la señal de las emisoras brasileñas ya que las peruanas no llegan. Incluso los raros servicios de televisión por cable satelital que se pueden encontrar por lo general sintonizan programas brasileños. Brasil está más cerca de Yurúa que del resto del Perú, en casi todo sentido.
Por las calles, personas con cushmas, las túnicas tradicionales de los Yanesha, Asháninka y Ashéninka, deambulan por los pocos negocios del pueblo, comprando sal, anzuelos, hélices, pilas o redes, bienes indispensables para la rutina diaria que se impone en las comunidades. En las calles silenciosas de vez en cuando juegan niños que sin acceso a internet no pueden seguir estudiando. Loritos y otras avecitas alegran el aire con su vuelo y sus gorjeos.
Nando es mi compañero de esta etapa final del viaje. Nacido en Yurúa, habla el amahuaca, entiende mucho del Asháninka, habla fluido el portugués y es un navegante experto. Su habilidad y buena labia lo ha llevado a ser parte en varias ocasiones de la directiva de la Asociación de Comunidades Nativas para el Desarrollo Integral de Yurúa Yono Shara Koiai – ACONADIYSH, y ha sido testigo de parte de la historia reciente del distrito. Nando, aunque ahora vive en Puerto Breu, nunca ha dejado de estar en contacto con su comunidad.
El vuelo ha llegado suficientemente temprano hoy y podemos aprovechar el día. Nos vamos a la comunidad nativa Dorado, a una hora y media de Breu.
Durante el viaje, a cada lado del río Yurúa, vemos decenas de campamentos de pescadores indígenas que recuperan la riqueza de sus ríos y quebradas. El olor de la leña de las fogatas y del pescado recién asado entre el humo de los fogones, nos embriaga por momentos, cuando no lo hace la fragancia de la floración de algún árbol o liana que nos regala la brisa del río.
Existen más de 17 comunidades nativas afiliadas a ACONADIYSH, organización que representa a los pueblos indígenas de las cuencas de los ríos Breu, Yurúa, Amonia y Huacapishtea, los más importantes del distrito. La federación agrupa a comunidades de 6 pueblos indígenas, Ashéninkas, Yaminahuas, Amahuacas, Yine, Asháninkas y Chitonahuas. Las comunidades agrupan unas 380 familias indígenas, algunas de ellas moviéndose entre Pucallpa y Brasil, buscando mejores servicios médicos y oportunidades para estudiar o trabajar.
Al llegar a Dorado, algunas amistades forjadas durante la primera ola de la pandemia, en la que se apoyó a cientos de personas a sobrevivir mientras estaban varadas en Pucallpa, agradecen con sonrisas, yuca asada, pescado recién asado y un espumante “pajo” de masato. Un pajo no es más que la cáscara de una calabaza silvestre, pero sirve de vaso o jarra para las bebidas. No hay nada más rico en la selva que el masato fresco y generoso servido por un amigo, un hermano asháninka. Las risas de siempre, los chistes de siempre, la simplicidad de la vida en comunidad está en todos lados. Se vive sin prisas, pero sin pausas. La rutina de los comuneros empieza por la mañana, pescando, cosechando, trayendo leña, sembrando o lo que fuera que la familia necesite. Los rostros amables de la gente pintados con rojo achiote nos sonríen.
Durante el viaje, Nando me contó que por ahí, sí, alguna vez se ha hablado de una carretera y que sería la misma que abrió hace más de 15 años Forestal Venao. “Esa carretera está puro monte ahora y se escucha que quieren abrirla. Gran cosa sería para que podamos llegar más rápido a Pucallpa. Muy caras son las cosas por acá…” me dice frunciendo el ceño. “¿Y sabes algo de los narcos de Nueva Italia?”, le consulto. Mueve la cabeza y su silencio no puede callar lo que dicen sus ojos. No hay más palabras por ahora.
Mis preguntas a la gente, aprovechando mis recuerdos del asháninka que aprendí décadas atrás en el río Ene, se centran en la carretera: “Ayomparis, ¿Qué saben de la carretera? Dicen que ya va a llegar?” El grupo con el que converso me indica que el Alcalde Ronaldo Tovar Alva, asháninka también, que trabaja hace 25 años en Yurúa, les ha dicho que es necesario tener una comunicación entre las comunidades, para que puedan movilizarse con facilidad, pensando incluso en movilizar sus productos en el futuro.
Por ello, han lanzado hace algún tiempo una red de caminos vecinales. La idea suena bien. Con los elevadísimos costos de los combustibles que en ese momento están en casi 30 soles el galón, tener vías carrozables internas ayudaría a movilizar a la gente y a los escasos productos agrícolas que se generan en la zona. La charla se mueve a sus historias, a su curiosidad respecto a mi precario manejo de la lengua asháninka y a las cantidades navegables de masato que consumo, entre risas de las mujeres que lo sirven.
La tarde se hace agradable. Julinho, un comunero joven que pasó meses varado en Pucallpa por la pandemia, apenas ganando lo mínimo para sobrevivir, nos muestra una especie de piscigranja que ha hecho la comunidad. Se queja de la falta de apoyo, de no tener cómo generar “economía”, de cómo convertir su trabajo en dinero que le ayude a comprar cosas en Breu. Aun con esos problemas a cuestas las sonrisas están. En dos días habrá un congreso en Nueva Victoria, una comunidad media hora más río arriba y las ONG que trabajan en la zona han sido invitadas a hablar. Una lluvia menuda nos refresca el retorno. Los pescadores siguen en el río. La vida sigue como hace décadas en Yurúa.
La carretera estaba en curso, lo cual podría ser algo bueno, pero de ninguna forma lo eran las 5 pistas de aterrizaje clandestinas que tanto ProPurús como Upper Amazon Conservation, ambas instituciones con trabajo de campo en Yurúa, habían detectado con imágenes de satélite.
En la invitación al congreso, donde varios temas son discutidos, se percibe la inquietud por la participación de ORAU, la organización regional a la que está adscrita ACONADIYSH. Habrá la elección de una nueva junta directiva, le pedirán cuentas al Alcalde Tovar y hay otro tema que flota en el aire: la carretera.




